miércoles, 1 de agosto de 2012

La moneda de vellón de Alfonso VII: Presentación y biografía (1ª parte)


Hablar de monedas de Alfonso VII es adentrarnos en un terreno farragoso del cual se ha escrito mucho y, en algunos casos, de forma subjetiva y poco científica. Ya lo comenta el propio Antonio Roma en su libro Emisiones monetarias leonesas y castellanas de la Edad Media: " La variedad tipológica de las emisiones de Alfonso VII condiciona toda posible interpretación al respecto. En general este reinado ha funcionado como cajón de sastre en todas las clasificaciones de numerario del período, habiéndose atribuido entre científicos y otros divulgadores de la moneda medieval a este monarca cuantas monedas no se pueden clasificar con facilidad en los de los monarcas anteriores o posteriores (...)  no faltando en la literatura científica (en ocasiones mucho más literatura que ciencia) clasificaciones basadas en apreciaciones lecturas e interpretaciones altamente subjetivas",

Es precisamente esa la gran dificultad que me he encontrado al abordar las emisiones de vellón de Alfonso VII, a saber, ante una ingente variedad tipológica, mucho escrito pero todo, quizás, muy subjetivo. Pero esto para nada es criticable, porque precisamente los que somos profanos en la materia y que, lamentablemente, no podemos dedicarnos de lleno a la investigación científica, solo podemos hacer eso: opinar, eso si de manera cauta, y no afirmando aquello que desconocemos. 

En absoluto critico la labor de aquellos que escribieron al respecto, ni muchisimo menos, vaya por delante mi más profunda admiración, dado que la lecturas durante horas de muchos artículos me han permitido a día de hoy tener una idea más o menos concebida y un conocimiento mínimo sobre moneda de Alfonso VII de los cuales carecía hace meses. 

El presente artículo (el primero de varios que tendrá la serie titulada "La moneda de vellón de Alfonso VII") no es para nada un articulo científico (basado en la pruebas documentales, hallazgos arqueológicos, composición metálica, etc) que tienen otras publicaciones. No soy investigador, sino un simple aficionado interesado en la materia. Espero podais disculpalme por ello.

He pensado muchas veces como poder plantear el tema de la moneda de Alfonso VII, ya digo materia inmensa y extremadamente compleja, y he optado finalmente por hacerlo los más simple, didáctica e informativa posible, con idea de que lo expuesto sirva de inicio para el coleccionista novel y de punto de partida para todo aquel que quiera investigar más por su cuenta. El resultado es el que vais a ver, una guía de fichas sobre los tipos de vellón acuñados (o mejor dicho, atribuidos) por Alfonso VII con la recopilación del máximo posible de información publicada hasta la fecha y aquella que he podido encontrar en otras  fuentes. 

Se trata entonces de una guía inacabada y que iré actualizando conforme vaya encontrando más información, y aparezcan nuevas monedas (en este sentido decir, que ha sido también complicado poder recopilar las imagenes que se publicarán en el blog, pero ha habido gente que me ha ayudado mucho, y desde aquí les doy las gracias). 

Agradeceros como siempre vuestra atención y animaros a que realiceis vuestras aportaciones, críticas y comentarios que son los que más agradezco y que le dan vida a este blog. Y ahora os dejo con la presentación del personaje.

Alfonso VII, Rey de Castilla y León (1105-1157)

Rey de Castilla y León nacido en Galicia en marzo de 1105 y muerto en Fresneda (cerca del paso del Muradal o Despeñaperros) el 29 de agosto de 1157.

Sintesis bibliográfica
Nieto del poderoso rey castellano-leonés Alfonso VI, llegó a ser también él monarca gracias a circunstancias sucesorias fortuitas: la primera, que de los hijos de aquel sólo sobreviviera Urraca, su madre; la segunda, que el segundo matrimonio de ésta con Alfonso I de Aragón fracasase rápidamente. Así, sucedió a su madre en el trono en 1126. Tras unos fuertes enfrentamientos con su padrastro por la posesión de Castilla, a la muerte del aragonés en 1134, y llevado por su deseo de unificar los reinos cristianos peninsulares (“idea imperial”), extendió su influencia a todos ellos obteniendo su vasallaje. En 1135, de hecho, se coronó emperador en León. El mismo principio impulsó sus expediciones y conquistas en las tierras musulmanas del sur, por lo general hacia Córdoba y Jaén. Llegó a dominar temporalmente Córdoba y a conquistar Almería en 1147, aunque perdería esta ciudad diez años después, poco antes de su muerte. A pesar de sus esfuerzos unificadores dividió su reino entre sus hijos Fernando II de León y Sancho III de Castilla. Es conocido como el Emperador por su coronación de 1135.

Alfonso Raimúndez, un heredero incierto

Era hijo de Urraca, reina de Castilla y León, y de Raimundo de Borgoña, hijo del conde borgoñón Guillermo I. Fue educado por el conde de Traba, Pedro Froilaz, en Galicia, donde permanecería aproximadamente los primeros diez años de su vida. Apenas tenía tres cuando en 1107 murió su padre y su abuelo, el rey Alfonso VI, le otorgó conjuntamente con su madre el gobierno de Galicia que había poseído Raimundo, que debería ser únicamente para él en caso de nuevo matrimonio de su madre. Dada su escasa edad, Urraca sería de momento gobernadora en nombre de los dos. En 1108, al ser ésta nombrada heredera al trono castellano (acababa de morir en combate el anterior titular, su hermano Sancho), Alfonso Raimúndez se convirtió en el siguiente en la línea sucesoria.


Esta condición duró muy poco tiempo, pues al año siguiente, el mismo en que fallecía también Alfonso VI y precisamente por indicación de éste, Urraca contraía nuevas nupcias con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Navarra: su posible descendencia sería ahora la heredera, desplazándole. Aunque su abuelo obró así para fortalecer la débil posición en que quedaba Urraca, no parece por otra parte que tuviera demasiada simpatía hacia un nieto demasiado pequeño, que difícilmente podría continuar su política de unidad peninsular. Sí quedaba, en cambio, confirmado como señor de Galicia. Fue en su tierra natal donde se formó un partido favorable a él, que encabezado por el conde de Traba contaba con el apoyo de los cluniacenses y, tras cierta ambigüedad inicial, con el del obispo compostelano, Diego Gelmírez. Este partido llegó a nombrarle rey de Galicia en 1111, pero al pretender hacer lo propio en León fue derrotado por los ejércitos aragoneses en Viadangos (cerca de Astorga).

No obstante, lo que no pudieron conseguir otros por él cuando era un niño lo obtuvo en su juventud gracias al devenir de los acontecimientos: en 1114 su madre y Alfonso el Batallador se separaron definitivamente sin haber tenido hijos, lo que de nuevo le situaba en primer lugar. Tenía ya el apoyo del conde Pedro Ansúrez y del arzobispo de Toledo y legado pontificio, Bernardo, que lo acompañaban cuando fue reconocido en 1118, en Toledo, como sucesor de su madre. También podía contar con la simpatía del propio papa, Calixto II, que era tío suyo (hermano de Raimundo de Borgoña). Muy pronto comenzó a ejercer la autoridad real en nombre de su madre en Toledo y la Extremadura castellana (Ávila, Segovia, Guadalajara), concediendo o confirmando fueros, y poco a poco también en el resto de territorios de la monarquía castellano-leonesa. Armado caballero en 1124, en la catedral de Santiago, fue coronado rey a la muerte de la reina Urraca, el 9 de marzo de 1126; encontrándose en Sahún desde algunos días antes, rápidamente se trasladó a la relativamente cercana León para ser entronizado en su catedral el día siguiente. Tenía veintiún años de edad.

Alfonso VII y el Imperio Hispánico
Alfonso VII, desde antes de la coronación gozaba, por lo general, de las simpatías del reino, pero aún se encontraba en una posición relativamente débil. Inmediatamente impuso su autoridad sobre todos sus dominios, especialmente sobre los nobles que en el reinado anterior habían actuado demasiado independientemente, aunque no sin resistencias e incluso rebeliones que tuvo que sofocar de 1130 a 1133, entre ellas la de los poderosos Lara o la de Gonzalo Peláez en Asturias. En 1128, por otra parte, había contraído matrimonio con Berenguela, hija del conde de Barcelona Ramón Berenguer III, a la que asistió su tía la condesa Teresa de Portugal. Asimismo, si por una parte estableció un pacto con ésta, que ya usaba el título de reina, y evitó los inevitables roces hasta 1137, por otro las relaciones con Aragón presentaban más dificultades a causa de las guerras habidas en el reinado anterior.

Para evitar nuevas hostilidades cedió ante Alfonso el Batallador y renunció, por la paz de Támara de 1127, a los territorios del alto Ebro ocupados por el aragonés (La Rioja y la mayor parte de Soria, además de casi todo el País Vasco). A cambio recuperaba otros en Burgos y Soria y el derecho a usar el título de “emperador” (Imperator Hispaniae, ‘emperador de España’) que ya había empleado Alfonso VI de Castilla y León (Imperator super omnes Hispanias nationes: ‘emperador de todas las Españas’), que suponía, no una soberanía efectiva sobre los demás reinos cristianos, sino la primacía en el proceso de reconquista y unificación peninsular. No obstante, la paz entre ambos no fue total, con varias escaramuzas sobre todo en Castilla, comarca fronteriza repartida entre los dos (por ejemplo, Castrojeriz fue conquistada en 1131 por el castellano). Tras morir Alfonso I en 1134, Alfonso VII aprovechó el vacío de poder en Aragón (según el testamento del monarca, el reino era legado a varias órdenes militares) para reconquistar Nájera y otras plazas riojanas. También ocupó Calatayud y Zaragoza, que cedió al nuevo rey navarro, García Ramírez, a cambio de su vasallaje, consolidándose así, por otra parte, la secesión de Navarra respecto de Aragón.

Así, consolidado en el trono y habiendo extendido su influencia sobre los vecinos reinos peninsulares, se proclamó emperador en León (26 de mayo de 1135, fiesta de Pentecostés). A la coronación asistieron el propio García Ramírez; el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV (cuñado suyo); el de Tolosa Raimundo V, y muchos otros nobles que le habían reconocido como señor, incluido el reyezuelo musulmán de Rueda (Zaragoza), Abu Chafar Ahmad ben Hud, conocido como Sayf al-Dawla o Zafadola (‘Sable del estado’), y algunos procedentes de Gascuña y Provenza. No estuvieron, sin embargo, Teresa de Portugal o su hijo Alfonso Enríquez, ni tampoco el nuevo rey aragonés, Ramiro II el Monje (hermano de Alfonso I). En cualquier caso, habría en lo sucesivo en su corte personajes de todos los lugares de su reino y también de fuera de él, como navarros y catalanes, sirviendo de oficiales regios. En los años siguientes se aproximó a Ramiro II, con quien pactó el enlace entre su hijo primogénito Sancho y la única descendiente de Ramiro, Petronila; se preveía en virtud de este acuerdo la cesión de Zaragoza a Aragón. Pero finalmente el esposo de Petronila fue en 1137 el conde de Barcelona; si bien éste aceptó la superioridad del emperador declarándose su vasallo y por ello recibió aquella ciudad en 1140, la unidad catalano-aragonesa alejaba la posible incorporación de Aragón a Castilla y creaba un estado fuerte capaz de rivalizar con su vecino occidental.

El alejamiento subsiguiente del rey navarro, descontento de esta amistad castellano-aragonesa, se solucionó en 1140 tras unos combates, y al menos por el momento, con la promesa de otros dos matrimonios, el del príncipe Sancho con Blanca de Navarra (que se haría efectivo en 1151), y el del propio García Ramírez con Urraca, hija natural del rey castellano-leonés (1144). La tensión volvería a renacer al firmar Alfonso VII y Ramón Berenguer IV el tratado de Tudillén o Tudején (cerca de Fitero, 1151), por el que se repartían no sólo las tierras musulmanas (la costa mediterránea hasta Murcia para Aragón, el resto para Castilla y León), sino también la propia Navarra. Por esta época, en 1140, también estableció la paz de Valdévez con su primo el portugués Alfonso Enríquez, tras tres años de guerra tras la ruptura de la paz de Tuy de 1138; el título de rey que éste empleó desde entonces no fue reconocido por Alfonso VII hasta 1143, a cambio (según la política empleada con los demás reyes peninsulares) de su vasallaje por el señorío sobre Astorga. En la práctica esta dependencia de Alfonso I de Portugal hacia el rey castellano-leonés no sería nunca efectiva, pues muy pronto se declaró vasallo de la Santa Sede para escapar a la órbita de su vecino.

Alfonso VII y las nuevas conquistas en Al-Andalus: la toma de Almería
Respecto al otro gran territorio de la península, al-Andalus, Alfonso VII aprovechó la disgregación del imperio almorávide, con los musulmanes españoles en abierta rebeldía, para extender hacia el sur las fronteras de su reino. Tras una primera incursión en 1133 de varios meses, a lo largo del valle del Guadalquivir hasta Jerez, en 1139 inició realmente su actividad reconquistadora: tomó ese año el estratégico castillo de Oreja (Madrid) y Albalate, y Coria (Cáceres) en 1142. En los años siguientes organizaría frecuentemente expediciones de saqueo a tierras musulmanas. En 1144, en una de ellas especialmente importante, en compañía de Zafadola recorrió y asoló toda al-Andalus, y en 1446 entró incluso en la antigua capital del califato, Córdoba. Al desembarcar al poco los almohades en la península se retiró, dejando en esta plaza un gobernador musulmán vasallo. Luego aseguró los pasos de Sierra Morena entre la meseta manchega y Andalucía, ocupando algunas plazas importantes a uno y otro lado de las montañas: Calatrava (Ciudad Real, 1147) y Uclés (Cuenca), al norte, y Baeza (Jaén, 1147), Andujar (Jaén, 1155), Pedroche (Córdoba, 1155) y Santa Eufemia (Córdoba, 1155), al sur.

El 17 de octubre de 1147 realizó su más importante conquista: la de la ciudad de Almería. Para la toma de este puerto mediterráneo, importante enclave comercial pero también foco de piratería, contó con la ayuda de los monarcas hispanos vasallos, y también con buques genoveses y pisanos que bloquearon Almería por mar. La campaña se inició con la predicación de los obispos de León y de Toledo, adquiriendo verdadera condición de cruzada. Los ejércitos castellano-leoneses se reunieron en Toledo en mayo, y en junio se detuvieron en Calatrava, donde se les unieron, entre otras, las fuerzas navarras. En julio Alfonso VIII obtuvo la rendición de Úbeda y Baeza, y recibió a los recién llegados catalanes y genoveses, que ya habían establecido el asedio marítimo de Almería. Tras tres meses de sitio la ciudad capituló, quedando gobernada conjuntamente entre castellanos y genoveses.

Alfonso VII prosiguió después sus campañas andaluzas con un nuevo sitio a Córdoba y también a Jaén y Guadix, en este caso con ayuda de Ibn Mardanis, el “rey Lobo”, señor de las taifas musulmanas de Valencia y Murcia. Fueron éstos, no obstante, años relativamente pacíficos, en los que su presencia en Andalucía fue menor, residiendo en el norte y ocupándose de diversos asuntos internos del reino. En 1155 se produjo una nueva ofensiva almohade. La toma de Almería y de muchos territorios andaluces se revelaron efímeras: en 1157 Almería fue sitiada y rendida por los almohades, sin que el auxilio del rey fuese suficiente para resistir. Para más desgracia, él mismo murió en agosto durante el camino de regreso a Castilla, en el puerto del Murada o de Despeñaperros, con sólo 52 años. Con su muerte desaparecía también la idea imperial, sustituida por la España de los Cinco Reinos (Portugal, León, Castilla, Navarra y Aragón); él mismo contribuyó a ello dos años antes de su muerte al decidir dividir su reino entre sus dos hijos: a Sancho III, el primogénito, entregó Castilla y sus dependencias (Toledo y la Extremadura castellana) y a Fernando II, León y Galicia.

Había tenido a ambos con su primera mujer, Berenguela, en 1133 y 1137 respectivamente; también tuvo con ella a Constanza (reina de Francia al casar con Luis VII) y a Sancha (que lo fue de Navarra como esposa de Sancho VI). Muerta la reina Berenguela en 1149, en 1151 Alfonso VII casó en segundas nupcias con Rica, hija del desterrado conde polaco Ladislao II; de este enlace nació Sancha (reina aragonesa al contraer matrimonio con Alfonso II de Aragón). Alfonso VII tuvo dos hijas naturales: Urraca (segunda esposa de García Ramírez de Navarra), de la relación con su amante Guntroda; y Estefanía, tenida con Sancha Fernández de Castro.



0 comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario. En breve será publicado