viernes, 4 de mayo de 2012

La moneda de vellón de Enrique IV (3ª parte). Isabel, la princesa rebelde

Consulta parte 1ª
Consulta parte 2ª

Hemos hablado tiempo atrás de la existencia de acuñaciones atribuidas a la Princesa Isabel (futura reina Isabel la Católica) en la ceca de Ávila. Ya tratamos el tema en la conocida entrevista a Antonio Roma, quién nos expresó su opinión, y también hicimos referencia a un tipo monetario inédito, que podía también podría quizás atribuirse a la princesa.

En este artículo vamos a hacer un breve resumen histórico que nos ponga en la situación que fundamenta que algunos autores consideren esas monedas como propias de la Princesa Isabel, aún tratandose de acuñaciones con la leyenda ENRICVS REX (referido a Enrique IV). Nos referimos a las monedas que presentan la estrella debajo del león. así como otras que presentan la marca P ¿Qué significan unas y otras? Para encontrar respuestas tomaremos como referencia el texto "La Moneda de Isabel la Católica, un medio de propaganda política" de José María de Francisco Olmos, Profesor de Epigrafía y Numismática de la Universidad Complutense de Madrid, que nos ayudará a comprender mejor qué significado se esconde detrás de estas piezas.



Doña Isabel era la primogénita del segundo matrimonio del rey Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, nació en 1451 y ya tenía un hermanastro, el príncipe heredero Enrique. Años después, en 1453, nacería su hermano, el infante don Alfonso, por lo cual nada parecía presagiar que un día ocuparía el trono de Castilla, más aún cuando el ya rey Enrique IV tuvo una hija, Juana (nacida en 1462), que fue jurada como heredera en las Cortes de Madrid,celebradas en mayo de ese mismo año.

Pero desgraciadamente la política castellana era en esos años convulsa, y algunos nobles, dirigidos por el Marqués de Villena, pusieron en duda la sucesión real, afirmando que la princesa Juana no era hija del rey, de esta manera esperaban presionar al monarca para conseguir más prebendas y poder.Para acabar con el conflicto Enrique IV accedió a pactar con los rebeldes, y en las vistas de Cigales (25 de octubre de 1464) se acordó el matrimonio del infante Alfonso con la princesa Juana, decidiendo que ambos serían jurados conjuntamente como futuros reyes de Castilla. La decisión de Enrique IV de aceptar las condiciones de los nobles significó la ruptura de la línea sucesoria y sobre todo del principio de autoridad del monarca, desde entonces la nobleza no hizo más que presentar demandas con el objetivo de ser ellos quienes gobernaran en vez del rey. Al final Enrique IV decidió rechazar sus exageradas pretensiones, que habían quedado plasmadas en la llamada Sentencia de Medina del Campo, fechada el 16 de enero de 1465, lo que llevó a la ruptura y al inicio de la guerra civil.

Los nobles decidieron enfrentarse al rey y deponerle, rey de "horribles crímenes", nombrando como nuevo monarca a don Alfonso, su hermanastro, que tras ser aclamado en Avila (junio de 1465) se convirtió en Alfonso XII de Castilla, también conocido como Alfonso de Avila. Se inició así una guerra civil que duraría tres años, hasta la muerte de don Alfonso en julio de 1468. De este período sólo hay que destacar, desde el punto de vista monetario, que como rey, don Alfonso ejerció la regalía de la acuñación de moneda, símbolo del poder soberano, y como tal acuñó moneda de oro, plata y vellón con características similares a las de sus antecesores, aunque haciendo especial hincapié en la imagen del rey caballero (dobla ecuestre, uso del escudo de la banda en el vellón, etc.).

La muerte de don Alfonso llevó al primer plano de la política castellana a la infanta Isabel, que se negó a que los antiguos partidarios de su hermano la utilizaran para proseguir la guerra contra Enrique IV. Ambos bandos abrieron negociaciones y al final el rey y la Liga nobiliaria llegaron a un acuerdo sobre el futuro del reino, fue el famoso pacto de los Toros de Guisando, firmado en este lugar el 18 de septiembre de 1468. Podemos resumir el contenido del documento en los siguientes puntos:

1. Se reconoce a Enrique IV como legítimo rey de Castilla.
2. Enrique IV reconoce a doña Isabel como su heredera.
3. Se decide que la Princesa viva en la Corte, junto al rey.
4. El rey "por la presente escritura le da e asigna por patrimonio con que pueda sostener e sostenga su persona e mesa e real estado, durante la vida del dicho señor Rey, el principado de Asturias de Oviedo, e las cibdades de Avila e Huete e Ubeda e Alcaraz e las villas de Molina e Medina del Campo e Escalona, con sus fortalezas e alcázares e juredición e señorio alto e bajo, cevil e criminal, e con las rentas e otros pechos e derechos de las dichas cibdades e villas e de cada una dellas..."
5. La princesa Isabel se debía casar con quien el rey determinara, de acuerdo y con el consejo de los líderes de la Liga nobiliaria, siempre y cuando doña Isabel lo aceptara.

Finalmente el reconocimiento oficial de doña Isabel como heredera tiene lugar el 24 de septiembre, fecha en que Enrique IV se dirige al reino para comunicar su reconciliación con la Princesa Isabel, que pasa a ser la heredera del reino de Castilla. Incluso con el refrendo de la Iglesia, ya que el legado papal Antonio de Veneris, presente en el juramento, asiste y refrenda este acto, de acuerdo con la autoridad apostólica que tiene concedida para su legación por el papa Paulo II.

Desde este momento doña Isabel es la heredera del trono, pero las dificultades no han terminado en Castilla. Isabel es la heredera reconocida, tanto por el rey como por los nobles, que informan de este hecho a las ciudades, pero la desconfianza sigue primando entre las partes en conflicto. En
las Cortes de Ocaña de 1469 Enrique IV no incluye el solemne juramento de Isabel como heredera entre los trabajos de las mismas, con lo que las relaciones entre ambos se enfrían.

La ruptura llegará con motivo del matrimonio de la Princesa. Enrique IV apostaba por un matrimonio portugués (rey Alfonso V) o, si este fallaba, uno francés (Carlos, duque de Guyena, hermano del rey Luis XI), manteniendo así las tradicionales alianzas castellanas. Pero la Princesa optó por casarse con el príncipe heredero Fernando de Aragón el 18 de octubre de 1469 sin el consentimiento del rey.

Enrique IV aprovechó este suceso para empezar a poner en entredicho el acuerdo de Guisando. Durante un año la Princesa Isabel intentó negociar con su hermano, pero el rey se negó, y el 26 de octubre de 1470, en Valdelozoya, ante toda su Corte, Enrique IV procedió a desheredar solemnemente a Isabel, aduciendo como motivo su comportamiento tras los pactos de Guisando, en especial su matrimonio con Fernando de Aragón en contra de sus deseos.

El rey consideraba que Isabel, al casarse con Fernando sin ser uno de los candidatos propuestos por él, había incumplido los pactos acordados y por tanto éstos quedaban anulados; con esta baza Enrique IV presentó sus argumentos, por una parte la reina Juana juraba públicamente que doña Juana era hija del rey, a lo que el monarca añadía que "siempre la tuve y traté y reputé por mi hija legítima", mostrando que el reconocimiento de Isabel como heredera se había debido únicamente a motivos políticos y no porque doña Juana no fuera su hija. Por todo lo anterior el rey ordenaba reconocer a su hija Juana como heredera de sus reinos, lo cual fue inmediatamente hecho por numerosos nobles que estaban allí presentes. Para concluir estos actos se celebraron los esponsales entre la princesa Juana y el duque de Guyena, oficiados por el cardenal de Albi (Jean Jouffroy), recibiendo los contrayentes los títulos de príncipes de Castilla y de León y príncipes de Asturias, además el cardenal leyó una bula (falsificada) de Paulo II dispensando a los presentes de los juramentos que hubiesen podido prestar a favor de Isabel, de hecho Paulo II deseaba mantenerse neutral en un conflicto que parecía no tener fin y que además podía tener importantes repercusiones internacionales.

A todo esto respondió la Princesa Isabel enviando una carta a todas las ciudades del reino (marzo, 1471) defendiendo sus derechos, y como aval inserta una copia del acuerdo de Guisando en alguna de ellas, como la que recibió Murcia (fechada el 21 de marzo de 1471 en Medina del Campo).

En este importante documento la Princesa empieza recordando que tras su matrimonio con Fernando de Aragón ellos habían mantenido la paz y calma en el reino, e intentaron negociar con el rey. A continuación niega haber incumplido lo acordado en Guisando, y en cambio se queja de que algunas cosas que se le prometieron a ella todavía no se han cumplido.

Luego pasa a detallar su punto de vista sobre el problema sucesorio. Empieza dejando claro que aunque doña Juana fue jurada en las Cortes de Madrid, todo el reino sabía que no era hija del rey, y así lo dejaron escrito en protestas ante los escribanos públicos numerosos personajes, que se vieron obligados a prestar juramento por temor al rey y no por convicción.

A continuación analiza el pacto de Guisando, recordando que si ella hubiera querido habría sido reina al morir su hermano Alfonso, y que no lo hizo únicamente pensando en los intereses del reino y en los del rey. Después defiende su matrimonio como el único querido por ella y el mejor para los intereses del reino, y que se negó a casarse con otros a pesar de las amenazas (incluso físicas) del rey.

Termina alegando que el pacto de Guisando sigue en pie, ya que fue realizado bajo autoridad apostólica, sobre la que el rey no tiene ningún poder; añadiendo que ella nunca iniciará una guerra civil, y que el reino debe tener claro que ella siempre ha obrado con justicia y por el bien de Castilla.

De estos años de enfrentamientos dialécticos, diplomáticos y militares hay que resaltar un hecho muy notable, y es la acuñación por la Princesa en su ciudad de Avila de determinadas monedas, que aunque a nombre de Enrique IV llevan una marca que indica su derecho a utilizar esta regalía. Estas acuñaciones tienen su origen en una serie de mercedes relacionadas con la ceca de Avila que la Princesa recibió de su hermano Enrique IV, poco después de Guisando (noviembre 1468); en primer lugar se refundaba dicha ceca (con las mismas prerrogativas que las de Burgos y Toledo), luego se nombraba tesorero de la misma a Alfonso González de Guadalajara (que había sido tesorero de la ceca de Corte de Alfonso de Avila, detallándose sus atribuciones y el tipo de monedas a labrar), y por fin se entregaban de forma vitalicia los derechos de dicha ceca a la princesa Isabel, incluyendo una cláusula que impedía el cierre de la ceca aunque el rey ordenara una suspensión general o particular de las mismas, por eso la ceca de Avila siguó funcionando después de que en las Cortes de Segovia 1471 (Ordenamiento de 10 de abril) se rescindieran las licencias de acuñación de muchas cecas para poner fin al caos monetario.

Con los sucesos de Valdelozoya, Enrique IV rompió el pacto de Guisando e Isabel quedó para él desheredada. Pues bien, la Princesa adoptó una actitud de rebeldía inédita hasta entonces en Castilla. No desafió abiertamente al monarca tomando el título soberano, como había hecho su hermano, pero sí decidió defender sus derechos ejerciendo una de las prerrogativas reales: acuñar moneda.

Actuando dentro del orden establecido en Guisando, Isabel decidió acuñar moneda en Avila a nombre de Enrique IV pero recordando su lugar de privilegio como heredera del trono, incorporando en las monedas una P (coronada o no) y a veces una I coronada, haciendo referencia a su posición de Princesa primera (Iª) heredera, o incluso un punto con el mismo significado; y en la última etapa llegó a acuñar con la marca de la estrella (marca de la ceca de Corte y de la realeza, recordando que era fiel al irrevocable orden regio pactado en Guisando).

Estas acuñaciones, siempre realizadas en su ciudad de Avila, fueron el modo de reiterar su legitimidad como sucesora al trono al haber sido jurada en Guisando, y por tanto una eficaz y permanente propaganda. Por tanto, podemos resumir diciendo que la Princesa Isabel acuñó de forma legal moneda en Avila desde 1470, pero varió la simbología según los acontecimientos políticos:

A) Monedas anteriores a Valdelozoya (1469-1470). Se ajustan a las otras cecas del reino, su única marca distintiva es una A gótica, marca de la ceca de Avila, como vemos en este cuartillo y maravedí.


B) Posteriores a Valdelozoya (1470-1474).

B.1. Nuevos símbolos. Aparece de forma explícita la "P" (que hace referencia a su condición de princesa, coronada o no) en distintos lugares de la moneda, según sus tipos, así como también el distintivo de ser la primera heredera (la I o el punto). Vemos un Enrique de oro, así como las piezas de vellón antes comentadas, cuartillo y maravedí.



B.2. Piezas ajustadas al Ordenamiento de 1471. Son las llamadas blancas del rombo (con losange), que pueden llevar como marcas específicas la "P", o bien la estrella, marca de la ceca de corte.



Estas acuñaciones son absolutamente extraordinarias, realizadas a nombre del monarca legítimo reinante por la que se considera su fiel súbdita y también su única sucesora legítima, lo cual certifica por el uso sobre todo de la "P", que hace referencia a su título de princesa. Hay que recordar que en Castilla sólo existía un personaje que pudiera llevar el título de Príncipe, y este era el heredero de la Corona.

El 12 de noviembre de 1474 fallece Enrique IV, sin testamento, iniciándose el conflicto sucesorio entre la Princesa Isabel y Alfonso V de Portugal, en nombre de su sobrina Juana.

Anexo:

1468. Colmenar de Oreja, 15 de noviembre. Carta de concesión de los derechos de la casa de moneda de Avila a la prinçesa Ysabel. Archivo de Simancas, Escribanía Mayor de Rentas, leg. 519/655, fol. 211 y ss. Y Balaguer Prunés, Anna María: Carta de concesión de los derechos de la casa de la moneda de Ávila a la Princesa Isabel (1468), Nvmisma, 150-155, 1978), pp. 527-529. Concesión y cesión de los derechos que Enrique IV tenía sobre la casa de labra de Ávila, a la princesa Isabel.

“Avila, cada de la moneda. Merced de los derechos della. A la princesa donna Ysbel hermana de nuestro sennor el Rey, por tu parte fues mostrada una carta de dicho sennor Rey escripta en papel e firmada de su nombre fecha en esta guisa. Este es traslado de una carta del Rey nuestro sennor escripta en papel e firmada de su nombre e sellada con su sello de çera colorada e en las espaldas librada de los sus contadores mayores, su thenor de la qual es este que se sigue: Don Enrrique por la gracia de Dios Rey de Castilla, de León, de Toledo, de Gallisia, de Sevilla, de Cordova, de Murcia, de Jahen, del Algarbe, de Algesira, de Gibraltar e sennor de Viscaya e de Molina, acatando el grand debdo, consanguinidad e amor que yo he con vos la muy ylustre prinçesa donna Ysabel my muy cara e muy amada hermana, es mi merçed e tengo por bien de vos faser merçed e fago donaçion de los derechos que en la dicha casa de moneda de la noble cibdad de Avila me perteneçen aver a mi asy como a Rey e sennor soberano, a quien perteneçe mandar labrar monedas e reçibir los derechos dellas de la tal labor, asy del oro que se labrare enrriques como de la plata que se labrare reales et de villon que se labrare quartos e maravedis e blancas et de otras qualesquier monedas, que de aquí adelante yo mandare labrar en las mis casas de moneda destos mis regnos asy de oro como de plata e de villon, segund que de aquí adelante yo lo mandare. E quiero e es mi merced e mando que ayades e llevades los dichos derechos, asy a mi merçed perteneçientes, para en toda vuestra vida e vos acudan con ellos el mi thesorero que agora es o fuere de aquí adelante; de los quales dichos derechos que asi el dicho mi thesorero vos diere e pagare en toda vuestra vida es mi merçed e mando que no le sea demandada notiçia ni sentençia por mi ni por los mis contadores mayores de mis cuentas por virtud desta dicha merced. E que cada e quanto que, en la dicha mi casa de la moneda de la dicha çibdad, algund ofiçio o ofiçios que, en la dicha mi casa de la moneda de la dicha prinçesa, el qual yo por la presente he por dado e proveydo commo sy yo en esta mi carta lo declarase agora por vacaçion o por renuçiasion que de tal o tales ofiçios se fagan. E es mi merçed que se labren las dichas monedas agora e de aquí adelante para siempre jamas en la dicha casa. E por quanto yo, como Rey e sennor soberano destos mis regnos, fise e acreçente esta casa de moneda susodicha e la fise e fago de las numerato (¿?) en la dicha çibdad a suplicaçion de vos la dicha ylustre prinçesa. Es mi merçed e mando que sea avida por casa del numerato (¿?) e valan e se usen e traten las monedas que yo mandare labrar en ella e ninguno non sea osado de las desechar ni rehusar. E sy en algund tiempo yo mandare çerrar e çesar las mis casas de labrar las monedas en ellas, asy de mi motuo commo a suplicaçion de procuradores de cortes, entiendase desde agora para entonces commo de entonçes para agora non ser esta en la tal inhibiçion, salvo que dure e labre e sea avida por casa tanto quanto fueren las mis casas de Burgos e Toledo e Sevilla. E mando al thesorero e ofiçiales de la dicha cas que sy mandare çesar las otras mis casas qual pueda labrar e labre fasta que vos la dicha prinçesa gelo enbiase mandar çesar. E que por vuestro mandamiento pueda labrar la dicha casa, labrando las monedas de la ley e talla que se labraren en Burgos e en Toledo e Sevilla, tanto que las tales monedas tengas mis señales e armas e letras, con que se labraren las otras monedas en las dichas casas de Burgos e Toledo e Sevilla, syn otro mi mandamiento. E mando a los mis contadores mayores que syenten el traslado desta mi carta de merçed en los mis libros, e vos den e tornen el original sobre escripto en las espaldas a vos la dicha ylustre prinçesa para que vos sea esta merçed guardada e complida non embargante qualesquier leyes destos mis regnos, asy en las fechas commo en las por fase; que yo de mi propio mptuo e çiençia e poderio real absoluto, del qual en esta presente quiero e uso, e las revoco e abrogo e derogo en cuanto en este caso toca e lo declaro por ley e por uso e costumbre en estos mis regnos, segund suso se contiene e va declarado e especificado. E mando que sea avido por firme asy commo sy en cortes a suplicaçion de los procuradores destos mis regnos lo yo otorgase. E los unos non los otros non fagades nin fagan ende al por alguna manera so pena de la mi merçed e de dies mill maravedis para la mi camara e cada uno por quien fincare de lo asy faser e complir. E de mas mando al omme que vos esta mi carta mostrare que vos emplace que parsades ante mi en la mi corte, doquier que yo sea del dia que vos emplasare, a quinse dias primeros siguientes so la dicha pena; so la qual mando a qualquier escribano publico para que esto fuere llamado de ende al que mostrare testimonio signado con su signo, porque yo sepa commo se cumple mi mandato. Dada en la Villa de Colmenar de Oreja, quinse dias del mes de noviembre anno del nasçimiento del nuestro sennor Iesucristo de mill e quatro çientos e sesenta e ocho annos. Yo el Rey. Yo Juan de Oviedo, secretario del Rey nuestro sennor, la fis escribir por tu mandato. E en las espaldas de la dicha carta del dicho sennor Rey estava escripto esto que se sigue. Thesorero de la casa de la moneda de la çibdad de Avila que agora soys o sereis de aquí adelante e las otras personas, en esta carta del Rey nuestro sennor Rey desta otra parte escripta, contenidad ved esta dicha carta del dicho sennor Rey desta otra parte escripta e guardadla e complidla en todo e por todo, segund que en ella se contiene e su sennoria por ello lo manda. Registrada Chançiller Alfonso de Oviedo, Alfonso de Arse. Fecho e sacado fue este dicho traslado de la dicha carta original del dicho sennor rey en la villa de Ocaña, veynte e seys dias del mes de noviembre anno del nasçimiento del nuestro sennor Iesucristo de mill e quatro çientos e sesenta e ocho annos. Testigos que fueron presentes que vieron e oyeron leer e conçertar este dicho traslado con la dicha carta original del dicho sennor Rey: Tomas de Toledo e Diego de Sant Pedro e Juan de Cuenca, para ello rogados. E yo Sancho Rodrigues de Yllescas, escribano de camara del Rey nuestro sennor e su escribano de camara delRey nuestro sennor e su escribano e notario publico en la su corte e en todos los sus regnos e sennorios, fuy presente en uno con los dichos testigos al leer e conçertar este dicho traslado con la dicha carta original del dicho sennor Rey, el qual va çierto e lo escribi e por ende fis aquí este mio signo a tal en testimonio de verdad. Sancho Rodrigues. En las espaldas de la dicha carta del dicho sennor Rey fue escripto e librado de los sus contadores mayores lo siguiente: Thesorero de la casa de la çibdad de Avila que agora soys o seran de aquí adelante e las otras personas, e desta carta del rey nuestro sennor desta otra parte escripta, contenidas ved complida en todo, segund en ella se contiene e su sennoria por lo manda”
Apéndice.

Extracto del libro de Juan Eslava Galán "La Historia de España contada para escépticos"

En 1469, en Valladolid, una fría mañana de otoño, se celebró una boda que iba a alterar el curso de la historia de España. La novia, Isabel, había cumplido diceciocho primaveras y era una chica menuda, rubia, de cara redonda, ancha de caderas y con cierta tendencia a engordar. Fernando, un año menor que ella, era un joven de mediana estatura, no mal parecido, que pronto se quedaría calvo hasta media cabeza. Tenia la voz aguda, como el general Franco, dicho sea sin segundas.

La boda fue un tanto irregular. Se casaron en secreto, con el novio llegando de tapadillo y disfrazado de criado, tan en su papel que hasta servía la cena de sus escoltas en las ventas donde pernoctaban. Es que Isabel no podía contraer matrimonio sin permiso del rey de Castilla, su hermano. Además, Isabel y Fernando eran primos segundos, y la dispensa papal que exhibieron era tan falsa como una moneda de corcho. No empezaban mal los luego llamados Reyes Católicos. Pero a estas alturas no será necesario recordar al escéptico lector que los historiadores siempre justifican al que gana, y los Reyes Católicos eran vencedores natos.

A Isabel no le correspondía reinar: sólo era medio hermana del rey Enrique IV, y por delante de ella, en el orden sucesorio, había dos personas, su hermano Alfonso, y su sobrina Juana. Pero se había propuesto ser reina de Castilla y, al parecer, las personas que podían estorbar su designio tenían una tendencia a fallecer prematura y misteriosamente. Así ocurrió a Alfonso. El heredero a la corona, y la misma suerte corrió don Pedro Girón, el maestre de Calatrava, un novio que le buscó el rey a su hermana, muy en contra de la voluntad de la interesada.

Muerto Alfonso, la sucesión recaía sobre la princesa Juana, la hija del rey, pero una poderosa facción nobiliaria empeñada en destronar al monarca apoyó la candidatura de Isabel y consiguió que el rey admitiera que su hija Juana era producto de las relaciones adúlteras entre la reina, su esposa, y el favorito don Beltrán de la Cueva. Por eso la apodaron la Beltraneja, y a Enrique IV, el Impotente, aunque sabían muy bien que era un hiperactivo bisexual de pelo y pluma, que se tenía más que pistoleadas a todas las putas de Segovia y a los moros de su escolta sodomita. Todo esto para conseguir que Isabel heredara el trono. Al escéptico lector quizá le dé la impresión de que la mosquita muerta de Isabel se abrió camino sin reparar en medios. Probablemente no fuera ella sola, sino el todopoderoso lobby nobiliario que apoyaba su candidatura. En cualquier caso, su hermano, el rey, tampoco era una persona que concitase grandes simpatías. Era un sujeto degenerado e irresoluto, cobarde y vil, producto de una estirpe ya degenerada por casamientos consanguíneos, “un degenerado esquizoide con impotencia relativa (…), displásico eunuco con reacción acromegálica (Marañón).

En aquel tiempo era impensable que un miembro de la familia real se casara sin permiso del rey. La elección del esposo de Isabel correspondía a Enrique IV y, dado que la novia algún día podía heredar la corona, la elección era asunto de alta política. Había tres candidatos principales: un portugués, un francés y un aragonés. A Enrique IV le gustaba el portugués, su colega el rey Alfonso, pero las Cortes castellanas, que también tenían algo que decir, patrocinaban al pretendiente francés. Y la novia, influida por los magnates que la apoyaban como sucesora de Enrique, escogió al aragonés, el principe Fernando. De aquí que tuvieran que casarse en secreto y sin permiso del rey,
El concertador que había apañado la boda, repartiendo generosamente sobornos y promesas en el entourage de Isabel, era el padre de Fernando, Juan II, rey de Aragón, un zorro que andaba con el agua al cuello y necesitaba desesperadamente la alianza con Castilla en su contencioso contra la poderosa Francia por el reino de Nápoles. Es que los franceses se lo estaban comiendo vivo. Le habían ganado ya los condados catalanes de Cerdeña y el Rosellón, y le habían tomado Gerona.

Aragón, ya lo hemos visto, sólo soportaba problemas con Francia. Por el contrario, la unión con Portugal, cuyos intrépidos marinos estaban ya lanzados a la exploración y conquista de nuevas rutas, hubiese robustecido el imperio colonial que Castilla iba a iniciar tras el descubrimiento de América. Por otra parte, las instituciones portuguesas se podían adaptar mejor a las de Castilla que las aragonesas. Ya se sabe de lo poco que sirve dar capotazos a toro pasado, pero el escéptico lector convendrá en que hubiera sido más sensato y conveniente para España que Isabelita se hubiera casado con el portugués.

En realidad, a pesar de la boda de los Reyes Católicos, Aragón y Castilla no se unieron. Hubiera sido cruzar un erizo con un pez: las leyes, el sistema económico y hasta las costumbres eran completamente distintas (…)

Cuando Enrique IV supo que Isabel se había casado sin su permiso montó en cólera y volvió a reconocer a su hija Juana la Beltraneja como legítima heredera. Su rabieta solo sirvió para provocar una larga y dolorosa guerra civil. Ganó Isabel, y la Bertraneja tuvo que meterse a monja y pasar la vida encerrada en un convento portugués. Los portugueses, siempre tan gentiles con las damas, la llamaron “a excelente señora” y, de vez en cuando, cuando tenían que ablandar diplomáticamente a Isabel, amenazaban con sacarla al siglo y darle alas. Isabel, como toda usurpadora, nunca tuvo la conciencia tranquila y no cejó hasta conseguir del papa una bula que condenaba a su desdichada sobrina a reclusión conventual de por vida.

En 1469, en Valladolid, una fría mañana de otoño, se celebró una boda que iba a alterar el curso de la historia de España. La novia, Isabel, había cumplido diceciocho primaveras y era una chica menuda, rubia, de cara redonda, ancha de caderas y con cierta tendencia a engordar. Fernando, un año menor que ella, era un joven de mediana estatura, no mal parecido, que pronto se quedaría calvo hasta media cabeza. Tenia la voz aguda, como el general Franco, dicho sea sin segundas.

La boda fue un tanto irregular. Se casaron en secreto, con el novio llegando de tapadillo y disfrazado de criado, tan en su papel que hasta servía la cena de sus escoltas en las ventas donde pernoctaban. Es que Isabel no podía contraer matrimonio sin permiso del rey de Castilla, su hermano. Además, Isabel y Fernando eran primos segundos, y la dispensa papal que exhibieron era tan falsa como una moneda de corcho. No empezaban mal los luego llamados Reyes Católicos. Pero a estas alturas no será necesario recordar al escéptico lector que los historiadores siempre justifican al que gana, y los Reyes Católicos eran vencedores natos.

A Isabel no le correspondía reinar: sólo era medio hermana del rey Enrique IV, y por delante de ella, en el orden sucesorio, había dos personas, su hermano Alfonso, y su sobrina Juana. Pero se había propuesto ser reina de Castilla y, al parecer, las personas que podían estorbar su designio tenían una tendencia a fallecer prematura y misteriosamente. Así ocurrió a Alfonso. El heredero a la corona, y la misma suerte corrió don Pedro Girón, el maestre de Calatrava, un novio que le buscó el rey a su hermana, muy en contra de la voluntad de la interesada.

Muerto Alfonso, la sucesión recaía sobre la princesa Juana, la hija del rey, pero una poderosa facción nobiliaria empeñada en destronar al monarca apoyó la candidatura de Isabel y consiguió que el rey admitiera que su hija Juana era producto de las relaciones adúlteras entre la reina, su esposa, y el favorito don Beltrán de la Cueva. Por eso la apodaron la Beltraneja, y a Enrique IV, el Impotente, aunque sabían muy bien que era un hiperactivo bisexual de pelo y pluma, que se tenía más que pistoleadas a todas las putas de Segovia y a los moros de su escolta sodomita. Todo esto para conseguir que Isabel heredara el trono. Al escéptico lector quizá le dé la impresión de que la mosquita muerta de Isabel se abrió camino sin reparar en medios. Probablemente no fuera ella sola, sino el todopoderoso lobby nobiliario que apoyaba su candidatura. En cualquier caso, su hermano, el rey, tampoco era una persona que concitase grandes simpatías. Era un sujeto degenerado e irresoluto, cobarde y vil, producto de una estirpe ya degenerada por casamientos consanguíneos, “un degenerado esquizoide con impotencia relativa (…), displásico eunuco con reacción acromegálica (Marañón).

En aquel tiempo era impensable que un miembro de la familia real se casara sin permiso del rey. La elección del esposo de Isabel correspondía a Enrique IV y, dado que la novia algún día podía heredar la corona, la elección era asunto de alta política. Había tres candidatos principales: un portugués, un francés y un aragonés. A Enrique IV le gustaba el portugués, su colega el rey Alfonso, pero las Cortes castellanas, que también tenían algo que decir, patrocinaban al pretendiente francés. Y la novia, influida por los magnates que la apoyaban como sucesora de Enrique, escogió al aragonés, el principe Fernando. De aquí que tuvieran que casarse en secreto y sin permiso del rey,

El concertador que había apañado la boda, repartiendo generosamente sobornos y promesas en el entourage de Isabel, era el padre de Fernando, Juan II, rey de Aragón, un zorro que andaba con el agua al cuello y necesitaba desesperadamente la alianza con Castilla en su contencioso contra la poderosa Francia por el reino de Nápoles. Es que los franceses se lo estaban comiendo vivo. Le habían ganado ya los condados catalanes de Cerdeña y el Rosellón, y le habían tomado Gerona.

Aragón, ya lo hemos visto, sólo soportaba problemas con Francia. Por el contrario, la unión con Portugal, cuyos intrépidos marinos estaban ya lanzados a la exploración y conquista de nuevas rutas, hubiese robustecido el imperio colonial que Castilla iba a iniciar tras el descubrimiento de América. Por otra parte, las instituciones portuguesas se podían adaptar mejor a las de Castilla que las aragonesas. Ya se sabe de lo poco que sirve dar capotazos a toro pasado, pero el escéptico lector convendrá en que hubiera sido más sensato y conveniente para España que Isabelita se hubiera casado con el portugués.

En realidad, a pesar de la boda de los Reyes Católicos, Aragón y Castilla no se unieron. Hubiera sido cruzar un erizo con un pez: las leyes, el sistema económico y hasta las costumbres eran completamente distintas (…)

Cuando Enrique IV supo que Isabel se había casado sin su permiso montó en cólera y volvió a reconocer a su hija Juana la Beltraneja como legítima heredera. Su rabieta solo sirvió para provocar una larga y dolorosa guerra civil. Ganó Isabel, y la Bertraneja tuvo que meterse a monja y pasar la vida encerrada en un convento portugués. Los portugueses, siempre tan gentiles con las damas, la llamaron “a excelente señora” y, de vez en cuando, cuando tenían que ablandar diplomáticamente a Isabel, amenazaban con sacarla al siglo y darle alas. Isabel, como toda usurpadora, nunca tuvo la conciencia tranquila y no cejó hasta conseguir del papa una bula que condenaba a su desdichada sobrina a reclusión conventual de por vida.

BIBLIOGRAFIA RECOMENDADA:

-  Morales Muñiz, María Dolores Carmen y Hernández-Canut y Fernández-España. León, «El enigma de las acuñaciones abulenses: Isabel la Católica, la princesa rebelde (1470-1473)». en Cuadernos Abulenses. 19 (enero -junio 1993), pp. 41-68.

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