lunes, 13 de febrero de 2012

Primeras labras de vellón acuñadas en Toledo (siglos XI y XII). Propuesta de interpretación iconográfica

Por Manuel Mozo Monroy y Francisco Javier García

Toledo, en la Alta Edad Media, fue considerado como el núcleo clave del poder hispano. Quien lo poseía era el verdadero dueño de la península ibérica, como capitalidad que fue del reino visigodo: Toleto Pivs. Para al Islam también fue una provincia clave: Tolaytola, igual que al-Ándalus o el califato de Córdoba. Necesariamente, Toletvm, al ser reconquistada por Alfonso VI el 25 de mayo de 1085, cumplió las mismas funciones como herencia del cristianismo visigótico que era, no teniendo más opciones que mostrarse respetuoso con los mudayyanes y los mozárabes, situación ésta que le dio pie a intitularse Imbaratur du-´l-Millatayn, Emperador de las dos religiones.

De antaño venía la existencia de un taller monetario en la ciudad, que el rey Alfonso siguió utilizando para sus primeras labras cristianas castellanas. Primeramente lo hizo con tipología musulmana, acuñando dirhems argénteos en los años 478 y 479 de la Hégira, que tenían la peculiaridad principal de incluir el mes de inicio de la emisión en su leyenda, Yumadá y Safár respectivamente. En sus áreas, aparecen secuencias de puntos y glóbulos con y sin punto interior que posteriormente se emularían en acuñaciones ya eminentemente cristianas.

Más tarde, Alfonso VI, acuñó de manera excepcional otra moneda, un denario, más comúnmente llamado dinero, que daba continuidad tipológica al numerario visigodo, con una representación fácil de asimilar por los mozárabes, mostrando un busto esquemático de frente, idéntico al de las últimas amonedaciones godas y suevas, que eran el antecedente numismático cristiano más inmediato que existía. Siguiendo los patrones bizantinos, los monarcas visigodos optaron mayoritariamente por el retrato regio esquemático de frente como dibujo habitual de sus tremises. Con estas emisiones, Alfonso VI intentó ganarse a los musulmanes residentes en Toledo, y también a la comunidad mozárabe, que tenían al Liber Iudiciorum por fiel reflejo de la antigua tradición gótica peninsular. Es muy destacable la mención a Toledo en su forma plural: “TOLETA”, cuya traducción sería “de los Toledos”, como si la posesión de la antigua capital visigoda sirviese como cabeza de reino a todos los territorios cristianos bajo la tenencia del rey Alfonso, y todos ellos fuesen uno, con la ciudad imperial.


En una tercera fase, e influenciado por su esposa Constanza de Borgoña, Alfonso VI trató de facilitar la implantación de la liturgia romana o cluniacense en sus reinos, sustitutiva de la vieja Lex Romana Visigothorum. Para ello trajo a Castilla desde Francia, varios monjes de Cluny como Bernardo de Sedirac, que fue nombrado abad de Sahagún en 1081 y arzobispo de Toledo por Urbano II en 1088. Éste, molesto por el excesivo respeto del rey a los sarracenos, le convenció para que adoptase el arte románico monetario europeo en su numerario.

Así Alfonso VI intentó acuñar moneda propia, en esta ocasión de clara influencia carolingia en la epigrafía, diseño y métrología. Se intenta copiar el anagrama cuadrilítero utilizados por el rey de Francia Odón o Eudés, que se generalizó en occidente a modo de cuatro círculos, que representaban la escritura de su nombre en la forma ODDO. Alfonso, emulando las monedas francas ultrapirenáicas, labró dineros y óbolos de vellón de ley ternal de a ocho sueldos, de doce dineros cada uno en el marco de plata.


Tipo B: Denario o Dinero y Meaja u Óbolo de vellón. Ceca de Toledo. Acuñado entre 1088 o 1089 y hasta 1100. Peso: 0,82-1,1 grs. para el dinero y 0,40-0,48 para el óbolo. Diametros: 17 y 13 mm. Anv: Cruz patada. Leyenda: 3ª Nom.-Masc. “ANFVS REX”. Trad: “Alfonso Rey”. Rev: Dos aros con punto interior, arriba y abajo, y dos estrellas de seis puntas, a derecha e izquierda. Leyenda: 2ª Nom.-Neut. “+ TOLETVM”. Trad: “Toledo”.

Pero el monarca quiso cargar este primer tipo carolingio, conocido como “de aros y estrellas”, de simbología cristiana. El rey solo aparece en la leyenda del anverso, acompañando a la cruz, y quedando voluntariamente relegado a un segundo término basándose en la palabra de Dios (“Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tu formaste, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo del hombre para que te cuides de él? (Salmos, 8:4-5)”. Dios es el protagonista: por un lado muestra una cruz, símbolo inequivoco de la victoria de la religión cristiana de origen astur con su lema “Hoc Signo Vincitvr Inimicos” o “Hoc Signo Tvetvr Pivs”, y por el otro, dos aros y dos estrellas de seis puntas, emblema que necesariamente tenía que ser entendido por todo un pueblo cuyas creencias religiosas eran muy profundas, pero cuyo nivel cultural era bajo, pues la mayoría de la gente no sabía ni leer ni escribir.

Por ello, Alfonso VI decidió utilizar su moneda como engrandecimiento de Dios, y lo hizo utilizando la primera frase de la Biblia conocida por todos: “En el principio, creó Dios el [los] Cielo[s] y la Tierra” (Génesis 1:1). Y éso es lo que acuñó, un símbolo polisémico de la Creación del Mundo: el cielo en forma de estrellas, y los astros en forma de círculos. Con la formación por duplicado se pretendía emular su movimiento, que a medida que avanza, genera el tiempo, pasado, presente y futuro, transmitiendo la imagen de Dios como Señor del Mundo (Cosmocreator), del Tiempo (Cronocreator) y de Todo lo Creado (Pantocrator).

Comenzó las labras entre 1088 y 1089, hecho probado por la aparición de un ejemplar entre las ropas de Santo Domingo de Silos, en Burgos. Este hallazgo aporta dos datos importantes: primero, que estas labras se iniciaron lo más tarde en 1088, último año en que se abrió el sepulcro; y segundo, que circularon por todo el reino, haciendo de „Toletvm‟ una mención al reino más que a la ciudad.

Pero el diseño definitivo, cuarto en el tiempo, de las monedas de Alfonso VI, fue el monograma de Cristo con las letras alfa y omega pendientes, también llamado posteriormente crismón, como vulgarización del carolingio “Mi Cristo” (Christ Mon o Christ Mien), estando cargado de nuevo de simbología de Dios y de Cristo.

El Antiguo Testamento se escribió en arameo, pasando al hebreo, y al griego, versión conocida como “De los 30 Sabios”, y por último al latín o Biblia Vulgata. Si bien en la Alta Edad Media, el rito religioso se impartía en latín, no es menos cierto que para la espiritualidad canónica el griego era la lengua religiosa culta. Cristo era “el Úngido”, es decir "Χριστός" (Xhristos o Christos) en griego arcaico, que se abreviaba en la forma XPS, lectura de las letras x (ji) ρ (ro) ς (sigma) de ‘Xhristos’. Cuando el Emperador Constantino se convirtió al cristianismo, decidió portar el lábaro con el cristograma en sus dos primeras letras “XP”, de la misma manera que lo hicieron los emperadores romanos.


Por otra parte, la explicación de la letras alfa y omega viene dada por otro versículo de la Biblia que dice: “Yo [Dios] soy un hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis, 21:6). Posteriormente, estas representaciones de Dios se unieron para dar al crismón la visión dualista de Dios y de su hijo, Cristo: XPS formado de una X que hace de aspa del crismón, una P que cruza a la X, una S que se retuerce sobre el vástago de la P, y las dos letras griegas Λ y ω, principio y fin del alfabeto griego, pendientes de la X. El origen de esta dualidad Dios – Cristo hay que buscarlo en la signo del pez, Ichthys („ΙΧΘΥΣ’ en griego), acrónimo de “Iēsoûs Christós Theoû hYiós Sōtér” o “Jesucristo, de Dios el Hijo, Salvador", que fue utilizado como símbolo secreto entre los antiguos cristianos, para identificación mutua de sus creencias.

Por otra parte, la simbología de la cruz es igualmente dialéctica. Es bien sabido que en la Edad Media, la imagen difundida para la cruz de Cristo fue en la forma de cruz griega. La razón tuvo su origen en el hecho de que Santa Elena, madre de Constantino, cortó la parte baja de la cruz del calvario en la que fue crucificado Jesús de Galilea, para enviar al Papa de Roma el travesaño inferior del Lignum Crucis, permaneciendo en Jerusalem, el resto de la cruz del Gólgota en forma de cruz equilátera. Por esta razón es por lo que la simbología de los Cruzados y de otras muchas órdenes militares como los Militum Templi, utilizaron diversas morfologías de la cruz griega como emblema de sus creencias. De esta manera, la Cruz del anverso de las monedas no solo es la representación de la Cristiandad como orbe, sino que a su vez es nuevamente la X de Xhristos, el Ungido.

En muchos monasterios y catedrales en plena ruta jacobea, puede verse el símbolo del crismón. Reaparece en una miniatura del Codex Calixtinus (Libro I, Fol. II) en la que no se ha reparado suficientemente, donde se explica que el criptograma quiere decir “IHESVS XHRISTVS quod est IHS XPS”. Asimismo el alfa y la omega pendientes no eran ajenas al mundo medieval pues aparecían en representaciones antiguas de cruces astures y mozárabes del altomedievo.
Este fue el primer tipo monetario multicecas, circulante en todo el reino sin importar su lugar de labra. Posteriormente se acuñaron en León, Santiago de Compostela y Lugo, si bien no nos ha llegado ningún ejemplar de esta última ceca, que sin duda labró con mínimas variantes, bajo la influencia de Raimundo de Borgoña, a quien Alfonso VI había concedido la zona noroeste peninsular. León, lo hizo con tipología muy similar a Toledo, mientras que Santiago invirtió el crismón respecto de la leyenda e incluyó puntos en los cuarteles como seriación cronológica, conociéndose hoy solo denarios o dineros. Toledo fue pues el origen iconográfico del numario cristiano en los reinos de León y Castilla.

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