lunes, 13 de febrero de 2012

La vida en Al-Andalus

La realeza y la nobleza vivían en sus alcázares o palacetes y en sus fincas de recreo. Los notables y la masa habitaban en casas de tipo mediterráneo, más o menos grandes, generalmente muy reducidas. Casi todas constaban de un pequeño zaguán de acceso al patio central, en el que solía haber un diminuto jardín interior o, cuando el espacio era muy reducido, una higuera o una parra. La sala principal, situada en el piso alto, servía para estar y recibir; podía tener, además, un estaribel (tipo de asiento o escaño) con cojines; y a sus extremos se abrían dos alcobas pequeñas en las cuales se colocaba una tarima con cojines sobre la cual se dormía. En ninguna casa faltaba una necesaria (retrete), un depósito para agua o al menos una cantarera, y alacena, taquilla y arcón para guardar el escaso ajuar.


De las paredes colgaban tapices de lana y seda, en las casas ricas; los pobres las mantenían bien enjalbegadas. Sobre el suelo colocaban alfombras de lana o esteras, mesas bajas, orzas y lebrillos de cerámica vidriada y un anafre para cocinar, tarea que entre los pobres se hacía en el mismo lugar donde se comía. Cuando apretaba el frío, los pudientes tenían sistemas complicados de calefacción, los pobres se limitaban al brasero. Cuando atacaba el calor, se paliaba con el riego o se hacía uso del abanico.


La base de la alimentación andalusí estaba formada por la harina: pan, fideos y guisos de harinas, como la harisa y el cuscús. También se empleaba el arroz, incluido el cocido con leche, y las legumbres, hortalizas y verduras. Como grasa se utilizaba casi exclusivamente el aceite de oliva. De las carnes, las preferidas era la del carnero y el cabrito, a veces el pollo y otras aves. Entre los pescados la alanda, la japuta (palometa), el mújol, el sábalo y la sardina. Utilizaban todo tipo de condimentos y solían ser generosos en su uso. Las frutas se servían como primer plato y como postre, papel este último reservado también para la abundante dulcería que ha llegado hasta hoy, como los alfeñiques, buñuelos, jaleas, pestiños, torrijas, etc. Para beber, agua, aunque tampoco le hacían ascos al vino. En verano gustaban del agua de cebada, que en algunos lugares aún se consume.


En lo relacionado a la indumentaria personal, los andalusíes utilizaban tejidos de lana, lino y seda. Se tejían brocados, sarga, tafetanes y terciopelos. De entre las ropas, batas, camisas largas, sayas y zaragüelles; sobre ellos chalecos de piel y zamarras. La cabeza se cubría con casquetes de fieltro y gorros de lana; las mujeres con pañuelos de raso o pañolones que llegaban hasta la cintura. Los nobles y notables al principio utilizaron gorros altos de origen iraquí; el turbante se reservó para los letrados, hasta que los beréberes generalizaron su uso a partir del siglo XI.


También se distinguieron los andalusíes por su limpieza, hasta el punto de que sacrificaban antes la comida que el jabón. Aparte del uso de los numerosos baños públicos, en las casas nunca faltaba la jofaina o zafa. Los varones empezaron por peinarse con pelo largo, pero en el siglo IX se impuso la moda del pelo corto. Las mujeres se pintaban los ojos con tintes de kohl y las uñas con alheña; y se adornaban con ajorcas, collares y pulseras de oro y plata.



Aspectos económicos


La estructura económica de al Andalus puede sintetizarse en tres aspectos esenciales: una base fundamental formada por el sector agrario con la pesca y una reducida minería, una estructura derivada constituida por el artesanado y el comercio, y la superestructura económico-financiera resultante.


Los bienes raíces se organizaban en cinco grupos: patrimonio del rey y su familia, bienes raíces o rentas de las mezquitas y fundaciones religiosas, bienes de las familias nobles mozárabes y de los judíos, bienes raíces de los islamizados, bienes adquiridos por el uso extensivo o abusivo de la hospitalitas.


Los regadíos, de origen hispanorromano, fueron ampliados y mejorados por los andalusíes, que efectuaron importantes obras hidráulicas como aceñas, acequias, azudes, norias y hasta viajes de agua para abastecimientos, como en el caso de Madrid, que se mantuvieron en uso hasta bien mediado el siglo XIX. En la silvicultura debe destacarse la plantación de moreras, asociada al desarrollo de la artesanía textil. Y está documentada la existencia de explotaciones mineras.


Respecto a lo que hoy se conoce como industria, en Al-Andalus había la industria menor y el artesanado. Predominaba la metalurgia para armas, la artesanía metálica de la vida cotidiana y la fabricación de monedas. La primera ceca fue fundada por Abd al Rahman Il. También destacó la artesanía de madera, con importantes obras de carpintería fina y taracea; la artesanía textil de tejidos de lana, lino y seda; el curtido y la talabartería. En la artesanía alimentaria destacaron las almazaras para el aceite, los molinos de azúcar de caña y los molinos-tahonas de harina.


La construcción pública fue muy importante: mezquitas, palacios, almunias, baños, alcazabas, castillos y recintos amurallados. La privada, aunque más reducida, fue mayor que la cristiana debido al carácter urbano de la mayoría de las poblaciones; y destacó la cerámica fina y el vidrio. Azulejos y vidriado han llegado hasta nuestros días.


Aunque el sector servicios fuera desconocido durante la Edad Media, en Al-Andalus existieron hospitales, maristanes (manicomios) y escuelas, aparte del correo regio. Fue muy importante la mejora de las vías romanas, especialmente en el llamado Arrecife, que iba de Algeciras a Zaragoza pasando por Córdoba, Calatrava, Toledo, Guadalajara, Medinaceli y Calatayud.


El comercio

Aunque el comercio interior fuese el más importante, a partir del siglo IX el exterior adquirió un relieve especial. Mercaderes orientales y bizantinos iniciaron ese comercio; pero a mediados del siglo X llegaron los mercaderes italianos, inicialmente de Amalfi. Las principales exportaciones fueron de productos minerales, agrarios, textiles (seda) y peletería. Entre las importaciones destacaron las de cereales en los años de mala cosecha, y las de antimonio, cochinilla, cueros, especias, madera fina, oro, perfumes y tintes.


El comercio interior estuvo centrado en los zocos, pequeñas ciudades en miniatura donde había de todo: tenderos, artesanos-vendedores, múltiples oficios y entretenedores del ocio. Un mundo tan rico y complejo sólo podía existir gracias a las ordenanzas del zoco y a la vigilancia del todopoderoso «señor del zoco», llamado almotacén o zabazoque.


Por otra parte, el sistema monetario andalusí se organizó con tres tipos de acuñaciones: de oro (dinar), de plata (dirhem) y de cobre (fals). El patrón plata fue establecido por Abd al Rahman I y gozó de estabilidad hasta el siglo XI. En el período de taifas se produjo una relativa devaluación, pero los almorávides fortalecieron la moneda con los famosos morabitinos (maravedíes) que se mantuvo estable hasta el siglo XIV. Al final del período nazarí la inflación fue importante.

Fuente: http://www.islamyal-andalus.org/

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