lunes, 13 de febrero de 2012

LA TÉCNICA MEDIEVAL DE LAS ACUÑACIONES MONETARIAS

En este blog en numerosas ocasiones mostramos monedas de oro, de plata o cobre. También hacemos hincapié en esa u otra leyenda o contemplamos que el busto de un monarca puede estar representado de una u otra forma o presenta diferencias según sea la ceca acuñadora. En definitiva mostramos el resultado de una elaboración, de un trabajo. Pero ¿quiénes realizaban ese trabajo? ¿dónde se hacía? ¿qué utensilios se utilizaban? ¿por cuántos procesos pasaba una moneda hasta su puesta en circulación? ¿qué medidas se utilizaban? El presente trabajo constituye un magnífico estudio que contesta ampliamente a todas estas cuestiones y a otras muchas.

LA TECNICA MEDIEVAL DE LAS ACUNACIONES MONETARIAS

Por Felipe Mateu y Llopis. Publicado en el nº 1 de la Revista Numisma (octubre – noviembre de 1951)

No se conservan en España, o al menos no nos son conocidas, manifestaciones plásticas de la técnica medieval de las acuñaciones monetarias, tales como escenas de monederos en miniaturas, capiteles, vidrieras, relieves varios o pinturas de cualquier época o estilo. No recordamos tampoco haber visto en nuestro país representaciones anteriores al siglo XVIII de las operaciones referentes a la acuñación, como se ven, por ejemplo, en las famosas vidrieras de Constanza de 1624, en las que se nos presentan las distintas fases de la monetación, desde la fundición de metales hasta la comprobación del peso de las piezas labradas, sin salir de la ceca o taller. Nos son bien conocidas, no obstante, las escenas de cambistas en el momento de esta última operación, y, si no en pintura propiamente española, si en la de países en intima relación con nuestra historia o que formaron parte de nuestra Corona. Así, por ejemplo, el cuadro de Marinus Van Reymerswale, titulado “El cambista y su mujer”, o el de Pedro de Looch, “La cambiante”, y algún otro de igual tema nos recuerdan la operación del peso mediante los ponderales monetarios.


Sin embargo, tenemos la más estupenda información documental sobre la técnica de las acuñacíones en los siglos XIV y XV, conservada en unos libros llamados “Títulos y enajenaciones del Real Patrimonio”, en el Archivo General del Reino de Valencia, que nos refieren con pormenor las fases de la libranza de moneda por la ceca real, volúmenes aquéllos que han sido custodiados a través de los siglos, por ser tan fundamentales para los derechos y regalías de la Corona, así como otros papeles de otras magistraturas, cual el Maestre Racional, ante quien rendían cuentas los oficiales reales, maestros de la ceca, bailes o administradores del Patrimonio del Rey, etc. Esta documentación, ahora utilizada, fue publicada hace ya años, pero hemos creído oportuno dar aquí cuenta de ella ofreciendo, en parte, su traducción y haciendo su extracto para mejor inteligencia. Ella suple aquella falta de documentación gráfica y tiene sobre ésta la veracidad de su origen y la minuciosidad obligada, por ser formulario conservado por los mismos monederos y magistratura de la ceca.

La Edad Media produjo numerosos formularios o recetarios, debidos a la alquimia, y son conocidos los estudios sobre antiguas recetas de plateros; los “Mappae clavicula”, clave de los tratados de la pintura, los textos sobre aleaciones destinadas a imitar y falsificar el oro, recetas alquímicas para aumentar éste, colorear el cobre como oro, hacer el metal precioso más pesado, doblarlo y tantas otras operaciones, formularios repletos de palabras griegas, que denotan su origen, en las que los productos animales o vegetales, hiel, resina, eran empleados para aquellos fines, cuando de mano en mano se transmitían cuadernos con secretos de orfebrería, como han recordado los autores que han escrito sobre aquella Edad en la nuestra. En España mismo tenemos tradiciones varias, y diversos nombres, también de insignes autores, andan ligados, más o menos verídicamente, a prácticas y operaciones, recetarios o formularios de este tipo, como acusa la historia de nuestra literatura o aun filosofía medieval.

Nuestros documentos no son de este carácter: son el recordatorio para los sucesivos maestros de la ceca o muestres racionales o bailes, de lo que debía hacerse en la monedería y de las distintas fases de las libranzas, documentación acorde con otra de valor indiscutible también, los inventarios que se hacían al tiempo de arrendar el Rey la ceca para una determinada acuñación o varias de ésta, por un número de años, según era práctica.

Las operaciones fundamentales que habían de hacerse eran:

1. La contratación de metales y monedas, extranjeras o propias, destinados a la fundición, para lo cual había disposiciones que autorizaban el transporte por el país de un número determinado de marcos, de plata, oro o vellón.

2. La fundición del metal o monedas compradas en la contratación y fijación de la liga o aleación que había de tener la nueva pasta para la acuñación de las monedas.

3. El entalle de los cuños o labra de los mismos por los entalladores, trabajo que podía ser hecho antes que otro, o simultáneamente, bien labrando cuños totalmente nuevos, bien en presencia de los antiguos para inspirarse en ellos o tomar de los mismos algunos elementos; esta operación se encargaba a orfebres de gran valía, autores de custodias, relicarios, retablos de iglesias y unos mismos nombres figuran, por ejemplo, en las historias del arte de la orfebrería española y en las nóminas de las cecas; así, Pedro Bernec y Bartolomé Coscolla, durante Pedro el Ceremonioso de Aragón, en 1385.

4. Ensayo de los rieles del nuevo metal por los ensayadores y corte en cospeles o piezas redondas, ya dispuestas para la acuñación.

5. Peso de estas piezas y tamizado de las mismas.

6. Blanqueo u operación de devolver al metal su color propio: la plata quedaba negra por las operaciones de la fundición; el oro se había de “colorar”, esto es, devolver a su tono.

7. Puesta en el horno de los cospeles que habían de recibir la impronta de los cuños.

8. Acuñación propiamente dicha, esto es, puesta de los cospeles entre las dos piezas: la inferior, fija, llamada “pila”, y la superior, o móvil, llamada troquel.

9. Golpeo por el mismo monedero, o por otro compañero, con el martillo para producir la moneda.

10. Ensayo, por el ensayador, de una de estas piezas ya acuñadas y peso de las mismas, recortando de una de ellas un trozo, que se guardaba como muestra y certificación del resultado del ensayo.

11. Libranza de las piezas acuñadas, luego de sometidas a las últimas operaciones de blanqueo, limpieza o restauración del color de su metal, alterado por tantas operaciones previas, el calor o los accidentes por que pasaban, sobre todo las de oro o plata.

Tantas fases de la acuñación requerían diversos espacios, locales, departamentos, completamente separados unos de otros. Había incluso dos clases de operarios: los obreros, a cuyo cargo estaban las operaciones de fundición, y los monederos, que tenían las de estampación de los cuños. Cuando se hacían los inventarios de la ceca se comenzaba por el departamento de “compra y contratación de monedas”, donde había balanzas, marcos para contar el peso, piedras de toque, limas para los ensayos y demás utensilios y líquidos propios de éstos. Luego se pasaba a la sección llamada “casa de la fundición”, donde había yunques, martillos de distintos tamaños, crisoles, hornillos, tenazas para sostener los crisoles, piedras rieleras, para obtener los moldes o rieles, fuelles, bacines y otros utensilios semejantes.

En el departamento del “entalle”, había punzones de letras -dato importantísimo-; los inventarios nos dicen que había 31 punzones de letras, correspondientes al alfabeto; lo que explica las inversiones, omisiones, cambios involuntarios, olvidos por distracción del entallador y otros casos; con los punzones se grababa la inscripción en el cuño; también había punzones para otros elementos del mismo, como los adornos que se repetían en las acuñaciones; el busto o la cabeza del monarca y los escudos se renovaban, según los casos, y, sobre todo, el primero era la obra del orfebre conocido, del autor de tal o cual pieza de orfebrería de las que enriquecían el palacio de los reyes; los plateros eran, pues, los autores de las matrices monetarias.

En otro departamento se hacía el ensayo, donde había .balanzas, ponderales, piedras de toque, etc. En la llamada “casa de la fornal”, u horno, se hacía el blanqueo; allí había calderas, fuelles para los fogones u hornillos; en las calderas se ponía la moneda en agua hirviendo, sal y tartrato de potasio, llamado vulgarmente “ros de bota”, palas para remover el contenido, cubos, pucheros y perolas, tamices y jofainas horadadas o bacines agujereados para enfriar las monedas. El maestre de la ceca las pesaba antes y después del blanqueo. En el mismo departamento había yunques, martillos, tijeras, balanzas y los cuños ya dispuestos, los cuales se guardaban con todo cuidado por los guardas de la monedería.

Un documento nos dice que en toda ceca eran necesarios: el maestre; el ensayador; el escribano; el pesador (que fija la balanza); el fundidor (que sepa fundir en cazo o en crisol, operaciones distintas); “hombres que sepan blanquear y colorear”; “hombres que sepan amonedar”; “debe haber dos hombres buenos y aptos para guardas, que sepan alear y tengan cuidado de todas las cosas pertenecientes a los oficios dichos”, según se lee en el texto, cuya traducción se va dando al pie de la letra.

Se indica después cómo se hace fundición para la moneda menuda o para la de plata. “Cuando el maestre quiera fundir plata, primeramente con los guardas debe alear su plata con cobre o con vellón, según la ley de la moneda que desee hacer. Después, cuando tenga ya la liga, debe poner, en cazo o en crisol, aquello que le plazca. Y cuando la plata esté a la liga deberán estar allí los guardas, que verán ponerla en crisol o en cazo y una vez fundido se ponga en los rieles o piedras para obtener los moldes o barras, y de cada crisol o cazo los guardas tomarán un riel, que encerrarán en una caja hasta que sean entregados al ensayador. Cuando éste haya hecho el ensayo y autorizado el uso del metal, el maestre entregará los rieles a los obreros a peso, ante el maestro de la balanza, y sabrá cuánto haya menguado la plata en la fusión”. “Cuando los obreros hayan hecho la moneda -se añade- debe entregarla a los guardas, y éstos, mezclándola toda, tomarán dos o cuatro onzas, por una parte,, y otras tantas, por otra, y verán si pesan lo mismo, con arreglo al marco”.

Las disposiciones ordenaban que hecha esta comprobación, según los pormenores que en ellas se indican, los obreros debían entregar la moneda al maestro de la ceca, y éste librarla a los encargados del blanqueo, previo peso, porque en esta operación menguaba algo; la emblanquición se hacía poniendo agua a hervir en unas calderas y en ella sal y tartrato de potasio (el ácido tartárico, se encuentra en las uvas), y lograda la ebullición se echaba la moneda, removiéndola con una pala hasta lograr el color blanco; luego se vertía en un cubo, cubierto con unas tablas agujereadas por las que pasara el liquido, mas no la moneda; cuando el agua rebasaba el cubo salía por un conducto a la alcantarilla; en el fondo del cubo permanecía la plata disuelta en el agua con el tartrato, pues que el metal blanco quedaba adherido a éste y a la sal. Luego se llevaban de nuevo las calderas al fuego, mas no a la llama, sino al rescoldo, removiendo entonces la moneda con esponjas hasta secarla y extendiéndola después sobre mantas u otros tejidos hasta tenerla bien seca. A continuación, el maestro de la balanza la pesaba para saber cuánto había menguado en el blanqueo.

Las disposiciones que se extractan aqui hablan siempre de “moneda”; mas se refieren con este término a los discos o cospeles preparados para la acuñación, porque a seguida dicen: “Después, la dicha moneda debe ser librada al maestro de la ceca, y este debe entregarla a los monederos a peso, si es vellón, y a peso y a cuenta, si es plata”. Y los dichos monederos “deben amonedarla”, esto es, acuñar los cospeles y luego entregar una o dos piezas para hacer el ensayo, y los guardas poner una en un pliego de papel y escribir en éste el día del ensayo y guardar este testimonio en una caja. Seguidamente se pesaba por el maestro de la balanza, y si algo faltaba debían pagarlo los monederos.

La libranza de la totalidad de la acuñación se hacia mediante reunión del maestro de la ceca, ensayador, escribano, guardas y balanzario. El ensayador cortaba una pieza con tijera y procedía a practicar el “ensayo de España” y, hallado conforme, se reunía toda la masa de moneda en un montón y se hacían de él cuatro partes, y, tomando de cada una de ellas diez marcos, se comprobaba el peso mediante distintas pesadas, de partes alícuotas.

Las normas de referencia indican lo que debía hacerse en los casos en que la ley excediese de lo señalado; en los libros de los guardas se anotaba: “Esta libranza es de tantos marcos y fue hecha tal día y hallamos de menos en la ley un grano o dos; monta toda la libranza tantas onzas de plata, porque esto debe el maestro”; es decir, era lo que éste debía rendir. Si la ley era menguada en más de dos granos no podía ser hecha la libranza; entonces se hacia fundir toda la moneda. “Cuando el ensayo sea así pesado y reconocido -se dice textualmente- los guardas, siempre con el maestro, deben tomar dicho ensayo y ponerlo en un trozo de papel y después colocarlo dentro de una hoja de papel doblada a lo largo por el tercio, así como grandes letras -dice, refiriéndose a las cartas diplomáticas-, y en un extremo de aquel pliego sea puesto el ensayo y la moneda, así entera como rota, que sea de aquel ensayo y de aquella libranza, y después debe coserse con hilo el papel de tal manera que ni el ensayo ni la moneda puedan caerse. Y deben escribir sobre dicho papel: esta libranza se hizo tal día y hallose menguada de ley de tantos granos, o gruesa de ley de tantos granos en el marco, y hemos puesto aquí el ensayo y media onza entre moneda rota y entera, y los guardas deben tomar dicho papel y deben ponerlo en una caja, de la cual haya dos llaves, y una la tengan los guardas y la otra el ensayador”.

A continuación, se daban las divisiones de la ley en dineros y granos: el marco tenia 16 sueldos y la onza, dos sueldos, y el dinero de ley se contaba por 16 dineros y el grano por 16 granos en la moneda de plata de 11 dineros y medio. En otro documento se describe la naturaleza del marco: éste, si bien tenía la misma división en todos los países -esto es, ocho onzas de 24 dineros de 24 granos-, no tenía el mismo peso, por lo que las onzas, dineros y granos no eran iguales.

En la Corona de Aragón regía para el oro el marco de Perpiñán, pero para la plata había distintos marcos, siendo diferentes los de Aragón. Barcelona y Valencia. El marco tenía 24 quilates; en cada onza de oro fino habia 21 dineros de oro y cada uno de éstos tenia 24 granos de oro también. La liga que se ponía en el oro para alear tenía, por mitad, plata y cobre; “la liga ques met en lo or per aleyar se met mig argent e mig loure”, dice el texto. Los toques se hacían con puntas desde 24 quilates, a las que se iban mezclando uno, dos, tres, etc., quilates de plata, para obtener oro de 23, 22, 21, etc., quilates. Cuando se quiere probar cualquier oro de cuántos quilates es, se tiene una piedra negra, la cual es llamada en latín lapis paralogius y en vulgar es llamada piedra de toque, y friégase con nuez y se hace más negra.

Cuando se llevaba oro a la ceca para las acuñaciones se hacía el aforo o fijaba el valor del mismo tomando una parte y poniéndola en un crisol, con plomo en ebullición, éste se llevaba las impurezas del oro y todas las mezclas de cualesquiera metales, con el plomo inclusive se esfumaban, quedando el oro, que no hierve, antes está en el crisol fijo en medio del horno y entonces el maestro lo saca y pesa y tantos granos como faltan en él del peso de un dinero, tanto tiene de liga de metales”. El maestro pagaba el oro comprado según el valor del oro fino, porque de los otros metales nada debía, pues “tot lo encamevament es del Rey”, se decía.

Los utensilios empleados para las acuñaciones eran muy diversos : balanzas para pesar desde 80 marcos, piedras de toque guardadas en estuches, pesos desde 16 marcos; patrones de marcos de plata y de oro; tijeras, limas, raspas para hacer rieleras, romanas de 28 arrobas, tinajas para alumbre; todo ello en el departamento de compra y contratación de monedas. En el de la fundición había yunques, martillos de distintos tamaños, perolas, morteros de cobre con su mango, rieleras, balancitas “trompeta de alambre para los ensayos”, cucharas de hierro, cazos, vasijas de vidrio, botellas y otros enseres. En eL departamento del entalle había punzones de letras de entallar pilas y troqueles, martillos, limas y otras herramientas. Así las conservaba, en 1459, el platero y abridor de cuños García Gomis. En 1476 había un peso de mil florines de oro en el departamento de contratación.

He aquí, pues, brevemente extractados unos documentos que hacen referencia a nuestra técnica de acuñación en los siglos XIV y XV, la cual no era otra que la de las precedentes centurias y, en rigor, la misma que en los tiempos clásicos, y solamente alterada por los ingenios y el maquinismo de los siglos XVI y XVI.

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